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Portada Firmas Mª Paz Fernández El embalsamamiento

El embalsamamiento

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EmbalsamamientoVeo sorprendida en el dominical de este domingo pasado, como Imelda Marcos, ex primera dama de Filipinas, permanece sentada al lado de la urna de cristal en donde reposa su marido embalsamado desde hace 20 años. Ha tomado la decisión de no enterrarle hasta que le permitan sepultarle en el panteón de hombres ilustres del país. La imagen es tan escabrosa como la de Juana La Loca, en el Monasterio de Tordesillas, abrazando el cadáver embalsamado de su marido.

La costumbre del embalsamamiento fue inventada por los egipcios con una técnica que hasta muy avanzado el siglo XIX no dejó de hacerse. El vaciado de las vísceras y el secado por medio del natrón o sal del Nilo era lo más eficaz para hacer incorruptibles los cuerpos. Esta práctica pasó a los romanos con el único fin de que el cadáver del emperador pudiera ser velado durante una semana en el Senado y expuesto en el foro para luego ser cremado en la pira. Luego, los Trastámara, con algunas excepciones, dejaron escrito en su testamento que no se les embalsamara como resultado de su religiosidad. Su creencia cristiana basada en la resurrección del alma y no de la carne, les impedía conservar su cuerpo incorruptible. Sus cuerpos no podían ser tocados por mano alguna.

Felipe el Hermoso, fue embalsamado tal y como se hacía en la Corte borgoñona y por ser éste, el deseo de su esposa la Reina Juana. Ni su hijo Carlos V, ni su nieto Felipe II fueron embalsamados, no solo por esa razón cristiana de la muerte sino también porque sus cuerpos estaban demasiado llagados y demacrados como para intentarlo.

Fue Felipe IV, el que volvió a recuperar, para sí mismo, esta práctica, dejándolo así escrito en su último codicilio. También introdujo una ceremonia innovadora en su propio entierro: se abría el velatorio para el pueblo. Por primera vez, un acto tan íntimo hasta entonces, se convierte en acto público. Para la buena conservación del cuerpo y con el fin de evitar los olores de la putrefacción, el cuerpo del rey sería embalsamado, enterrando sus vísceras en el Convento de San Gil y su cuerpo en el recién inaugurado panteón del Monasterio de El Escorial.

Desde la época de los Austrias y con la llegada de los Borbones se siguió practicando esta terapia de conservación del cuerpo, exceptuando el caso de Felipe V que como murió súbitamente no dio tiempo a embalsamarlo y su olor era tan terrible que su guardia personal, los Monteros de Espinosa, tenían que turnarse cada pocos minutos.

A partir del siglo XIX, se deja de vaciar los cuerpos para pasar a un embalsamamiento consistente en inyecciones químicas que hoy están muy perfeccionadas y consiguen la parálisis de la degradación corporal. Es el caso de grandes dignatarios cuyo recuerdo se quiere hacer imperecedero y visible en el tiempo como Lenin, Mao Tse Tung, o el propio Ferdinand  Marcos.

Es verdad que en ocasiones el protocolo dispone el embalsamamiento como parte obligada de la ceremonia ya que es lo que permite rendir homenaje al difunto con el ataúd abierto, como en el caso del Papa Juan Pablo II. Pero en otras ocasiones se ha determinado modernizar ese ceremonial para hacerlo más acorde con los tiempos en los que vivimos y como sucedió con el padre del rey, Don Juan de Borbón, al que se veló  con ataúd cerrado, cubierto por la bandera española.

Creo que la práctica conservatoria post mortem solo es una muestra de nuestra vanidad humana y nuestro miedo a la desaparición total y entronca con la arcaica idea de la inmortalidad. Sra. Marcos, entierre a su marido y déjele descansar en paz, es un derecho que no nos debería negar nadie.

 
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Domingo
21 de septiembre
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