Por JUAN JOSÉ FEIJOO
Hasta ahora, un partido de fútbol se entendía, además así debe entenderse, como una competición meramente deportiva y como exponente de sano ejercicio atlético. No obstante, después de lo visto en la reciente final de la Copa del Rey entre el F.C. Barcelona y el Athletic Club de Bilbao y que además fue un “remake” de la anterior confrontación copera de estos dos mismos equipos -nos referimos a la escena producida en los prolegómenos del propio encuentro-, hay que interpretar dicha actividad como un cuadro donde el fútbol queda empañado por tintes políticos y la práctica de unos modos o maneras poco apropiadas. Nos estamos refiriendo a la pitada hacia un símbolo del Estado como es el Himno Nacional o ante la presencia del representante de la Casa Real, cuyo nombre tutela esta competición deportiva.
Esta actitud pone de relieve una falta de cortesía hacia el anfitrión y por supuesto, irrespetuoso hacia el resto de los participantes allí congregados. Ahora bien, hagamos política-ficción y nos preguntamos que hubiera sucedido si en lugar de jugar los citados equipos, lo hicieran otros dos representantes, por ejemplo, de otras autonomías como Madrid o Castilla y León… A buen seguro que no hubiera surgido este conflicto, dado que en ambas Comunidades Autónomas no andan a su aire los nacionalistas exacerbados y por lo tanto, queda diluida la cuestión de la “identidad nacional”, hablando de ésta en términos autonómicos. Nuestra Carta Magna reconoce el Estado de las Autonomías, pero por encima, está el Estado como tal, que es España y uno de cuyos símbolos es su himno y su bandera. Cualquier gesto de desaire a ambos, es una falta de respeto.
No nos imaginamos, por aportar un ejemplo a todo un estadio americano abucheando su himno en la final de la “Super Bowl”. Son distintas maneras de interpretar el “chauvinismo” a la hora de establecer una comunión con nuestros símbolos representativos.
Como tampoco es imaginable que algunos diputados de nuestras Cortes, en la vísperas de aquel partido, hubiesen “embufandado”, por expresarlo de alguna manera gráfica, a uno de los pétreos leones que flanquean la entrada a ese lugar tan solemne como es el Palacio de la Carrera de San Jerónimo, conocido como el Congreso de los Diputados. Un parlamentario tiene que guardar las formas antes que comportarse como un hincha fanático- para eso están los campos de fútbol, donde algunos se toman la licencia de esgrimir modales menos apropiados pero que quedan inmersos en la inmensidad del tumulto humano-, y por lo tanto, tiene que comportarse como lo que es, una ilustre señoría que ocupa un no menos ilustre escaño en ese insigne edificio que es de donde emanan todas las leyes que regulan nuestra vida pública.
Cada cual tiene que respetar las normas de convivencia cuando se comparte un espacio en común, que por eso se llama vivir en comunidad y por supuesto, sin perder ni las formas ni tampoco las señas propias de identidad, pero siempre sabiendo conjugarlas en ese contexto o marco de convivencia donde igualmente hay otros ciudadanos.
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