Por JAVIER AGUADO
Se acerca el merecido descanso estival y he creído oportuno haceros llegar esta curiosidad que, a buen seguro, muchos de vosotros conoceréis pero que nos invitan, nunca mejor dicho, a extrapolarnos a épocas pasadas y sumergirnos por un momento en la sabiduría griega, otrora casi cuna del protocolo contemporáneo.
El simposio o banquete era común a todos los antiguos griegos, a quienes les gustaba mucho la alegría de los banquetes con motivo de las fiestas familiares, las de la ciudad o cualquier otro acontecimiento digno de celebrarse: éxitos diversos, sobre todo en los concursos de los poetas o de los atletas, la llegada o la partida de un amigo. Los banquetes (simposia) hicieron surgir incluso un género literario, como demuestran, entre otros, El Banquete de Platón y el de Jenofonte, y mucho más tarde las Charlas de mesa (Simposíaca) de Plutarco y el Banquete de los eruditos (Deipnosofistas) de Ateneo. La palabra simposio (griego antiguo, sympósion), que traducimos por banquete, significa propiamente “reunión de bebedores”.
-En primer lugar se saciaba el hambre con la comida propiamente dicha.
-En segundo lugar se procedía a la ingestión de bebidas, vino sobre todo, paralelamente a toda clase de distracciones en común y muy diversas, según los lugares y las épocas, como conversaciones, adivinanzas, audiciones musicales, espectáculos de danza, etc.
Pero en la primera parte no quedaba excluida la bebida, y en la segunda tampoco todo alimento sólido. A los invitados si lo deseaban, se les servía vino y después, durante el simposio propiamente dicho, para tener sed, picoteaban postres (tragémata), como fruta fresca o seca, dulces, habas o garbanzos tostados, etc...
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