Por ROBERTO SEBASTIÁN CAVA
No siempre quienes nos desempeñamos en Protocolo tenemos oportunidad de observar una ceremonia sentados cómodamente en el patio de butacas como un invitado más. Ayer pude apreciar la tarea de otros colegas.
En el campus de una universidad privada, a unos cien kilómetros de Buenos Aires, se realizó un acto para poner en marcha la construcción de un nuevo edificio. Se trataba de algo muy importante para su desarrollo institucional en el próximo curso académico 2013.
Fuimos invitados unas doscientas personas mediante el envío en mano de tarjetones. La respuesta fue rápida y muy alentadora. Los detalles previos a la ceremonia habían sido estudiados detenidamente y se contó con una muy buena extensión de campo de la pampa argentina para el estacionamiento de vehículos, la instalación de un estrado protegido por lona blanca, buena megafonía y sillas.
La ceremonia tuvo tres partes bien definidas. Para introducirlas, un relator de Ceremonial dio una explicación breve acerca de la nueva construcción. A continuación dio paso al Rector quien agradeció la generosidad de muchísimas personas y empresas que iban a hacer posible el nuevo edificio. Habló con convicción e ilusionó a todos con un porvenir que llegará pronto. Después, el intendente o alcalde de la ciudad dijo unas palabras de alabanza al proyecto y a sus gestores. Finalmente el obispo de la ciudad procedió a bendecir las obras comenzadas. No se trataba de una piedra fundamental sino de la puesta en marcha de la construcción. Por eso fue muy acertada la iniciativa de la empresa constructora. Habían estacionado una grúa y un camión gigantesco a pocos metros del estrado. Con la ayuda del teléfono móvil se dio una orden y el maquinista avanzó decididamente y a gran velocidad. El público estalló entonces en un aplauso prolongado y caluroso.
La descripción anterior permite hacer algunos comentarios. Por una parte está evidentemente lo que se previó y, por otra, todo lo que alcancé a observar ubicado entre el público. Así comprendí la inexistencia de una presidencia propiamente dicha. Un podio de madera en el estrado, sirvió de apoyo a las tres personas que hablaron.
Quizá por ser un poco detallista debo hacer una mención a la seguridad y a las auxiliares de protocolo del intendente o alcalde. Así me permitiré comentar algunos detalles.
Eran muy notorios dos hombres de custodia. Estaban vestidos de negro y con gafas solares al estilo James Bond. Cuando el intendente subió al estrado uno de ellos se sintió obligado a accionar el micrófono. Eso era algo innecesario puesto que mis colegas habían probado la megafonía con anterioridad y era excelente. En tanto una auxiliar del entorno oficial subió al podio para colocar una carpeta. Para estas dos acciones los de seguridad y de protocolo se hicieron notar durante todo el acto conversando entre ellos en un aparte. Hablaron por sus móviles, se hicieron señas, pasaron por detrás de la tarima y lograron convertirse en los co protagonistas de la ceremonia.
En Argentina el decreto sobre precedencias dice textualmente: “La participación de las direcciones, jefaturas o encargados de ceremonial o protocolo de los funcionarios invitados, se limitará únicamente a la comunicación y supervisión previas de la correcta ubicación de éstos en los actos (….)”. No obstante las personas de protocolo oficial lo desconocen. Parecería que ellos olvidan el dicho tan claro de “que cada palo aguante su vela”. Cuando ellos organizan ceremonias en sus ámbitos pueden hacer lo que desean pero cuando se va a casa ajena no pueden olvidar la sabia disposición del decreto mencionado.
Me consta que esas personas y a último momento, se acercaron al relator para que incluyera los nombres de otros funcionarios municipales participantes. Mis colegas se pusieron firmes y me después que les recordaron delicadamente un principio. Se trataba de reconocer en la persona del intendente a la autoridad elegida por sufragio universal. Ella tiene siempre mayor precedencia que una designada. Como en la ceremonia asistían muchos empresarios y autoridades académicas era imposible anunciar a otros funcionarios. Al mencionar a al intendente se incluía también a sus colaboradores.
El buen hacer de mis colegas había previsto mencionar a las principales autoridades en la introducción del comienzo, seguida de un amplio y abarcativo: “Señora y señores.” De esta manera los oradores debían omitir la repetición de sus nombres. Sin embargo no fue así y cada uno, a excepción del obispo, volvieron a decir:” Señor Rector, Señor….etct.etc.”
Para mí personalmente, convencer a los oradores para que comiencen a hablar directamente, se ha convertido en un tema de lucha profesional. Algunos, pese a las advertencias, parecería que se sienten obligados a saludar con un “Buenos días” o “Buenas tardes”. ¿Acaso el público les va a responder? No mencionemos tampoco a los poco afortunados: “¡Hola!”. Comprendo que los niños lo digan al subir a un autobús. En cambio me suena fatal para un recinto académico o empresarial.
Mis colegas de protocolo merecen una felicitación. Hicieron un capolavoro y lograron sacar adelante una ceremonia en media hora, con puntualidad y sobriedad. El público olvidó así mirar sus relojes. Ellos habían previsto un exquisito cóctel y fue elegantemente servido sobre la misma tierra feraz de la pampa argentina. El sol acompañó y hasta nos hizo olvidar los seis grados de temperatura de una mañana “fresca”, como se dice en Buenos Aires.
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