El Comité Organizador de la Cumbre de Jefes de Estado de Iberoamérica se enfrenta a un gran reto del que depende en buena medida la proyección de una imagen y de un país. Los últimos conflictos económicos y diplomáticos con Argentina y Bolivia convierten la cita del 16 y 17 de noviembre en Cádiz en una prueba de fuego para las relaciones de Iberoamérica.
Las previsibles ausencias de algunos líderes sudamericanos es el aspecto que más preocupa al gobierno. Lejos de ser el gran foro político que se concibió en la creación de estas Cumbres, en el año 1976, estos encuentros han ido perdiendo peso a medida que han pasado los años. La mejor prueba de ello es la última Cumbre celebrada en Asunción (Paraguay), en octubre de 2011. Allí se ausentaron hasta once jefes de Estado (Argentina, Brasil, Colombia, Costa Rica, Cuba, El Salvador, Honduras, Nicaragua, República Dominicana, Venezuela y Uruguay). Mientras algunas de estas ausencias estaban justificadas, hubo otras tantas motivadas por decisiones puramente políticas.
Ese es el gran peligro al que se enfrenta la Cumbre de Cádiz. Por ello, el Gobierno y la Secretaría General Iberoamericana han puesto en marcha su maquinaria diplomática para conseguir el compromiso de viajar a Cádiz de la mayoría de jefes de Estado.
Una vez garantizada la asistencia a la Cumbre, los organizadores deberán buscar la solución protocolaria más adecuada que propicie el mejor escenario para cumplir los objetivos del encuentro.
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