Por ROBERTO SEBASTIÁN CAVA
Algunas personas, cuando la vida parece ir de retirada, conservamos un tesoro. Está siempre a la mano y contiene historias de tiempos pasados. Son hechos, costumbres y modas vinculadas con la vida cotidiana. Los más jóvenes las considerarán cosas nimias, sin sentido y se equivocarán. En cambio, para nosotros no lo son, especialmente cuando el Protocolo está de por medio directa o indirectamente.
Hablar hoy de la etiqueta en el duelo parecería desacertado. Se han perdido tradiciones cargadas de años y de afecto. La muerte, esa “desdicha fuerte” estará siempre presente en nuestras vidas junto a las manifestaciones externas que simbolizan el dolor que ante ella sentimos. En nuestro occidente el color negro las ha acompañado siempre junto al silencio y al llanto.
Nuestras bisabuelas que fueron las más grandes expertas de todo, sabían bien a qué atenerse. Manejaban al dedillo el luto riguroso, el aliviado y el medio luto. El primero se llevaba durante dos años. Después seguían algunos meses con el aliviado y otros más con el último. Al principio usaban vestidos y abrigos negros, sombrero con cola de crespón y no se usaban alhajas. A medida que pasaba el tiempo las damas iban avanzando en su arreglo personal. En cambio los hombres exteriorizaban su duelo con el empleo de corbatas negras y brazaletes del mismo color.
Esposos, padres, hijos, hermanos, suegros, abuelos, nietos, cuñados, tíos y primos, tenían sus lutos que iban desde los tres años hasta los veinte días. El fallecimiento de un novio comprometido oficialmente, llevaba a la novia a imponerse un luto largo. También se veía con buenos ojos que ante la muerte de los padres del novio, la futura esposa vistiera luto de nuera.
Las visitas de pésame tenían sus reglas. Todas eran habas contadas y la familia de una persona fallecida recibía en ellas el afecto de parientes y amigos. Comenzaban el mismo día del entierro y se hacían por lo general al atardecer. Las tarjetas, las cartas y los telegramas cumplían la misión de trasmitir el pésame por escrito. En las denominadas tarjetas de visita debajo de los nombres y apellidos se usaba colocar la abreviatura “S.P.” o también las palabras completas, es decir “Sentido pésame”. Después unas tarjetas con reborde negro, personales o de matrimonio, llevaban el agradecimiento por correo.
Era costumbre y sigue siéndolo, la celebración de un funeral en una iglesia antes del entierro de un difunto o en algún aniversario. No es algo de tiempos idos porque la muerte deja entre los que sobrevivimos un deseo grande de rezar por sus almas. Algo ha cambiado y ya no es el hombre solamente quien, como cabeza de familia, recibe los saludos al terminar la Eucaristía. Antes las señoras se retiraban discretamente del templo y atendían a las visitas en su casa.
Hay evidentemente una diferencia grande entre dolor y tristeza. Muchas veces hemos escuchado aquello de “tristeza y melancolía fuera de la casa mía”. Encierra verdades. Podemos sentir dolor y mucho dolor pero nunca tristeza porque quien ha muerto ha cambiado solamente de casa. Por eso algunas costumbres y tradiciones envejecieron entre la tristeza y la memoria para dar paso a un duelo sereno, menos ostentoso.
El Teatro Colón de Buenos Aires, inaugurado en 1908, posee diez palcos “baignoire” o “grillés”. Se encuentran debajo de los palcos bajos y son quizá la manifestación de una época ante el duelo. Durante el mismo no se podía usar ropa de etiqueta y, además, en esos sitios las familias tenían una visión perfecta del escenario y pasaban inadvertidos para el resto del público. Sin embargo no se privaban de espectáculos de óperas, ballets y conciertos. En fin son curiosidades como lo son los “días de llanto y luto” que los ordenamientos civiles contemplan y dar un respiro ante los trámites sucesorios.
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