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Portada Mar Castro Aprendices de princesas

Aprendices de princesas

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Por MAR CASTRO

Con cierto asombro escucho en las noticias que las niñas británicas reciben clases de protocolo por si “un día se convierten en princesas”. Si ése es el caso, bastante quimérico por cierto, deben saber cómo comportarse correctamente, es la justificación que ofrecen para tal hilarante actividad.

Digo cierto asombro, y no atónita, ya que desafortunadamente, cada día me sorprenden menos determinadas acciones, hechos, decisiones, actitudes… Y desde luego, lo que recibían las niñas que aparecían en el reportaje eran nociones de saber estar o urbanidad, fundamentos que no concentran el amplio espectro de la ciencia y arte del protocolo. Resulta más acertado llamarlo cuestiones, nociones o principios básicos de protocolo social.

El vídeo mostraba a niñas de corta edad, unos 6 o 7 años, elegantemente vestidas, excesivamente elegantes para ser más exactos, practicando la reverencia delante de una mujer que portaba una careta con la imagen de la reina Isabel II. Otras escenas nos ofrecían un plano de todas las aspirantes simulando tomar el té o impecablemente sentadas atendiendo las precisas explicaciones de la instructora. Reaccionar acertadamente ante los cumplidos o cómo responder oportunamente al teléfono son otras cuestiones que se imparten en el taller. Y todo ello por el módico precio de… 3000 euros.

Como experta docente que imparte cursos de protocolo y oratoria a niños a partir de 4 o 5 años de edad, me cuesta trabajo creer que las alumnas fueran tan disciplinadas; semejaba más un cuadro, una imagen estática de unas princesitas escuchando maravilladas a su ilustre conversora en miembros de la realeza que chiquillas risueñas, bulliciosas e inquietas ansiosas por demostrar lo bien que asimilan todos los conocimientos recibidos en clase o aprendidos en casa.

Varios hechos llaman mi atención respecto a esta decisión de instruir a futuras princesas. El primero es que no han valorado la posibilidad de que los niños puedan convertirse en soberanos, resulta chocante este lapsus teniendo en cuenta que en su propia “casa” reina una mujer cuyo esposo adquirió la condición de Príncipe merced a su matrimonio con la monarca. O, más cercano en el tiempo, la heredera al trono de Suecia, la Princesa Victoria, cuyo consorte adquirirá la condición de Rey.

Si lo que pretendían los impulsores de la medida era llamar la atención, de cara a impulsar otros programas o actividades de mayor calado, desde luego lo han conseguido. Sólo en España, he visto la crónica en varias cadenas de televisión distintas. Desde mi punto de vista, considero la noticia una anécdota novedosa, singular y hasta simpática, sin más.

Desconozco el porcentaje de niñas y niños que en un futuro no muy lejano puedan llegar a formar parte de la realeza europea, pero estoy convencida de que es inapreciable. Lo que sí es seguro es que a diario millones de chavales, adolescentes y adultos nos relacionamos a nivel personal, social y profesional y, desgraciadamente, esta relación presenta muchas carencias.

Desconocemos el significado, y aplicación, de términos como respeto, cortesía, humildad, tolerancia…; reprendemos en público y premiamos en privado; obviamos el saludo y el tratamiento más adecuado a cada ocasión; ofrecemos conversaciones pobres, carentes de contenido; revelamos un insuficiente sentido del humor; mostramos un lenguaje no verbal agresivo, defensivo, chabacano, en la mayoría de los casos; desconocemos como escribir correctamente una carta o una invitación; imitamos vestuarios que contrastan con nuestra personalidad, en muchas ocasiones impropios para la actividad a realizar o el evento al que asistimos; demostramos bastos modales en la mesa… ¿Sigo?

 

 
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